Menotti vs. Bilardo, entre lo obvio y lo obtuso

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El 3 de noviembre de 1996, después de más de una década de pirotecnia verbal, César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo, los técnicos que dirigieron a la Selección Argentina en la obtención de sus dos títulos mundiales, estuvieron frente a frente como entrenadores por primera (y única) vez. El triunfo del Independiente del “Flaco” sobre el Boca del “Narigón” fue apenas una anécdota. Se vivió una jornada cargada de morbo. No hubo palabras ni gestos de acercamiento. No existía reconciliación posible.

Durante las décadas de los ’80 y los ’90, la dicotomía entre Menotti y Bilardo fue un parte aguas en el fútbol argentino, ya que representaban dos concepciones diametralmente opuestas de ver el fútbol. Los “menottistas” hacían hincapié en cierta bohemia, pues sostenían que el fútbol es demasiado hermoso para que lo único importante sea el resultado final, y que, de todos modos, es más fácil ganar jugando bien. Por su parte, los “bilardistas”, exitistas y pragmáticos, no se preocupaban de cuestiones estéticas y afirmaban que había que lograr el triunfo del modo que sea, porque, en definitiva,

En el fútbol sólo vale ganar y nada más. Como se haga, no me importa”. (Carlos Salvador Bilardo)

El inicio del conflicto entre ambos encuentra su origen concreto en una reunión que mantuvieron en Barcelona luego del cambio de técnico de la Selección en 1983. Allí, Bilardo le pidió a Menotti referencias sobre tres futbolistas: Tarantini (“cuantos más quilombos tiene con la mujer, más corre y mejor juega. Citalo a él y a diez más. Es un fenómeno en todo sentido”), Gatti (“llamalo, dame bola, es el mejor”, e incluso le anotó el teléfono en un papelito), y Trossero (“no te va a servir. Es un león de lunes a sábado, pero los domingos es un gatito”). Estas filtraciones del contenido presumiblemente secreto de la reunión, despertaron la ira del doctor. Para colmo, en su primera primera convocatoria, Bilardo no citó ni a Tarantini ni a Gatti, pero sí a Trossero. Argentina perdió el partido por 4-0 y el “Flaco” expresó en privado su enfado:

Éste es una risa. Viene, me vuelve loco a preguntas, le fundamento todo lo que le conviene, va allá y hace todo al revés. No algo, todo”. (César Luis Menotti)

Pero este incidente no fue más que el detonante de una tensión que estaba subyacente, no sólo por las profundas diferencias filosóficas que tenían sobre el fútbol (y la vida), sino por la encarnizada lucha de egos entre dos personajes tan dispares.

El “Flaco” Menotti podría definirse como un intelectual de izquierda. Llegó a la Selección tras el Mundial ’74 y sorpresivamente fue ratificado en su cargo luego del golpe del ’76. Encarnaba la vuelta a las fuentes del fútbol argentino, es decir, al juego de toque, extremadamente ofensivo, donde privilegiaba la posesión del balón y le otorgaba al futbolista la libertad necesaria para hacer prevalecer la técnica sobre la táctica, la improvisación como parte del juego y la ética en la búsqueda de la victoria.

Un futbolista es un intérprete privilegiado de los sueños y los sentimientos de millones de personas”. (César Luis Menotti) 

Sus detractores criticaban las contradicciones del “Flaco”, especialmente su vinculación con los genocidas. Decían que sus conceptos eran tan anticuados que había atrasado el progreso del fútbol argentino, que sentía poco afecto por el trabajo semanal y que sus equipos carecían de fundamentos tácticos. Además, que había fracasado en todas sus empresas post mundial y que era un charlatán pues sus conceptos eran sólo teóricos.

El “Narigón” Bilardo no se comprometía políticamente, y a pesar de ser médico, poseía una cultura inferior a la del rosarino. Asumió su cargo con la vuelta de la democracia y soportó un operativo destituyente previo al Mundial ’86. Abrevaba en las aguas del fútbol europeo, buscando imponer la dinámica y la potencia física, los rígidos esquemas tácticos y el conservadurismo en pos del resultado final. Obsesivo de la planificación, intentaba limitar al máximo las circunstancias imprevistas que pueden ocurrir durante un partido de fútbol.

La gente cuando va a un concierto pide otra canción más; el hincha cuando va ganando pide la hora”. (Carlos Salvador Bilardo) 

Sus críticos sostenían que tanta estrategia mataba la esencia del juego, restándole espontaneidad y convirtiendo a los futbolistas en atletas. También criticaban sus técnicas de trabajo (hacía ver videos a sus jugadores por muchas horas) y que en su obsesión por el resultado solía utilizar armas antirreglamentarias para conseguirlos. Además, que había fracasado en todas sus empresas post mundial y que era un charlatán pues hacía bandera de lo obvio.

Tras los primeros resultados adversos de la Selección, poco tardaría Menotti en mostrar en público su desencanto en lo que sería el principio de un cruce de declaraciones que fue subiendo el tono hasta convertirse en una enemistad manifiesta. Sus críticas despiadadas hacia la falta de juego y resultados de la selección de Bilardo, eran devueltas por éste con la misma virulencia. De lo futbolístico se pasó a lo personal y descalificaciones del tipo “rabanito” (de Bilardo a Menotti) o “enano mental” (del “Flaco” al “Narigón”) ocupaban a diario espacio en la prensa deportiva.

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Estas profundas diferencias entre figuras tan potentes, encolumnaron tras de sí a jugadores, técnicos, periodistas y, por ende, a la opinión pública en general. Los medios deportivos inmediatamente se identificaron según su ideología, y su batalla dialéctica fue tan encarnizada como la de los propios protagonistas. Los diarios Clarín y La Razón, más la revista El Gráfico, se ubicaban al frente de los “menottistas” y atacaban cada vez con mayor saña a Bilardo en la medida que el equipo nacional no levantaba cabeza. Por su parte, el programa radial Sport 80 (con Víctor Hugo Morales, Marcelo Araujo y Fernando Niembro como voces principales) junto a los diarios La Nación y Crónica, se habían constituido en sus defensores más acérrimos, quienes, como contrapartida, criticaban al rosarino con idéntica dureza.

Si intentamos un rápido análisis tomando sólo sus desempeños al frente de la Selección Nacional, Menotti armó un equipo para el Mundial ’78 que jugaba aceptablemente bien, aunque quedó ensombrecido por las circunstancias particulares de ese torneo. Para España ’82, tal vez con el mejor plantel argentino en un mundial, cierta soberbia, sumada al impacto que significó la Guerra de Malvinas y tomar conciencia de la verdadera realidad argentina a su llegada al Viejo Continente, atentó contra el funcionamiento de ese equipo que pasó por el torneo con más pena que gloria.

Por su parte, Bilardo penó durante todo el ciclo previo a México ’86, pero se defendía argumentando que todo era un banco de pruebas para el mundial, a la postre el verdadero objetivo. La actuación argentina pareció darle la razón, e impulsada por un pletórico Diego Maradona, mostró su mejor actuación histórica en un mundial. Cuatro años después en Italia ’90, con un plantel más gastado, el equipo se arrastró por el campo de juego, pero alcanzó la final, empujado por el formato del torneo, un poco de suerte y polémicas situaciones fuera del reglamento. Este equipo, de flojo rendimiento pero excelentes resultados, profundizó como ningún otro la grieta entre “menottistas” y “bilardistas”.

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Con el cambio de siglo, las luces de ambos entrenadores empezaron a apagarse. La imposibilidad de revalidar sus viejos laureles y el surgimiento de una nueva camada de exitosos técnicos jóvenes que tomaban aspectos de ambas ideologías y los reinterpretaban, empezó a relegarlos. Tal vez el caso paradigmático sea el de Marcelo Bielsa, cuyos equipos suelen tener la mentalidad ofensiva a lo Menotti pero con las rigideces tácticas de Bilardo. Como diría Claudio Borghi ni bien asumió la dirección técnica de Boca en 2010:

Yo pretendo que mi equipo defienda como Bilardo y juegue como Menotti”. 

Hoy, las etiquetas de “menottismo” y “bilardismo” están amarillentas, cajoneadas desde entonces. Sin embargo, resabios de aquella vieja discusión aún continúan en el periodismo deportivo, con límites más laxos y posturas menos extremas, a través de eufemismos tales como líricos vs. pragmáticos o esteticistas vs. resultadistas.

La dicotomía, tan cara al ser nacional, continúa más vigente que nunca.

 

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