La influencia del Periodismo en la construcción de la identidad nacional

Este informe, elaborado en junio de 2015, fue mi trabajo final para la materia Origen y Desarrollo del Periodismo Deportivo en la Argentina en el Posgrado de Periodismo Deportivo de la UBA. Le guardo especial aprecio pues me permitió, en principio, ganarme el respeto profesional del titular de la cursada, pero fundamentalmente porque ese respeto no tardó en convertirse en afecto personal. Vaya entonces mi eterno cariño y agradecimiento por su generosidad para el querido Hugo Biondi. A su memoria va dedicado. QEPD.

infografia-tpf-andres-sosaUn repaso por cuatro hitos fundamentales de la historia de los últimos 70 años: el peronismo, los años ’60 (aquellos que cambiarían el mundo), el retorno de la democracia y la década neoliberal, permiten echar luz sobre el decisivo rol del periodismo en general, y el deportivo en particular, en la internalización del fútbol como fenómeno socio-cultural generalizado intrínsecamente ligado a la concepción del “ser nacional”.

Introducción

En la Edad Media, la construcción de la identidad como nación se ganaba en las guerras y los guerreros eran los modelos en los que los pueblos se veían reflejados, y por ellos se identificaban. Hoy, en un mundo globalizado, las identidades se ganan en los estadios, los futbolistas se visten de héroes épicos y traen la victoria para toda una nación. De allí que el fracaso en el mundo del fútbol se tome como una tragedia, porque, en realidad, es mucho más que el fracaso deportivo, es el fracaso de una identidad, de una nación.

En un país que se estaba conformando como tal, el deporte permitió establecer un “espacio nacional” de competencia real, movilidad social y unificación territorial y simbólica. Y el periodismo deportivo jugó un papel crucial en esa construcción. En la década del ’20, el fútbol se consolidó como espectáculo deportivo, pero fue a partir del primer gobierno peronista, cuando trascendió clases sociales y se instaló como parte indisoluble de cada argentino.

Muchos años antes de que comenzara a hablarse del periodismo deportivo, ya estaba plantaba la semilla de la pasión popular, que creció con una fuerza imparable. Con el paso del tiempo, nadie se sorprende por encontrar hinchas de Boca, River, San Lorenzo, Independiente o Racing a lo largo y ancho del país, por más que nunca hayan siquiera visitado la Capital ni Avellaneda. Parece absolutamente natural que eso ocurra. Pero no siempre fue así. La enorme popularidad alcanzada por los clubes de fútbol sólo fue posible, en un principio, gracias a la decisiva influencia de la prensa gráfica y las transmisiones radiales, y en los últimos tiempos, por la potente penetración de la televisión y las nuevas TICs.

Mejor que decir es hacer

Octubre de 1945. Aún estaba latente el horror tras las bombas atómicas que habían volcado su carga de muerte sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, cuando en nuestro país un “aluvión zoológico” proveniente de la Argentina profunda colmaba la Plaza de Mayo. Se visibilizaban por primera vez en la historia los eternamente postergados para defender sus conquistas y pedir por su líder: Juan Domingo Perón.

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El peronismo llegó al poder en el año 1946 con el decisivo apoyo de las masas trabajadoras. Desde su puesto de Secretario de Trabajo, el coronel había entablado un estrecho vínculo con las clases obreras, quienes se convirtieron en la “columna vertebral” de su proyecto político, y hacia ellas dirigió sus revolucionarias políticas sociales.

Dentro de éstas, el deporte ocupó un lugar central, siendo enmarcado por primera vez como un derecho. El Estado, que había estado ausente hasta entonces, garantizó el deporte para todas las clases sociales del país, dejando de lado casi un siglo de exclusividad para los sectores privilegiados. El primer gobierno peronista intentó que el deporte sea parte central de la cultura popular y lo logró. Lo que realizó el peronismo fue la primera construcción orgánica de política deportiva estatal en la Argentina.

Los pilares de esta construcción fueron dos: el deporte social y el de alto rendimiento. El primero, estructurado por el flamante Ministerio de Salud Pública y con apoyo de la Fundación Eva Perón, tuvo su máxima expresión con los Campeonatos Nacionales Evita, los Torneos de la Unión de Estudiantes Secundarios y las Olimpiadas Universitarias, destinados a jóvenes y adolescentes. Estos certámenes, que servían como factor de inclusión social y para la detección de nuevos talentos, también propiciaron la aparición de la medicina del deporte, a través de un programa ideado para la elaboración de fichas médicas, atención y seguimiento de todos los participantes.

En lo que respecta a la alta competencia, el gobierno peronista no sólo impulsó y subsidió los viajes de los deportistas al extranjero, como los casos de Fangio y Froilán González, sino que además organizó competiciones nacionales e internacionales, fomentó la creación y desarrollo de instituciones deportivas, y otorgó premios suplementarios a campeones de distintas especialidades. Algunos de los resultados de la gestión deportiva durante el peronismo fueron: Campeonatos Sudamericanos de Fútbol en 1946 y 1947; Campeonato Mundial de Básquet (venciendo a los EEUU) en 1950; 7 medallas en los Juegos Olímpicos de Londres 1948: 3 de oro (incluyendo la de Delfo Cabrera en el Maratón), 3 de plata y 1 de bronce; 5 medallas en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952: 1 de oro (última hasta Atenas 2004), 2 de plata y 2 de bronce; los títulos mundiales de Fangio en Fórmula 1 en 1951 y 1954; la organización y el primer puesto de los 1º Juegos Panamericanos en 1951; y los campeonatos de boxeo de Pascual Pérez, Rafael Iglesias y José María Gatica. A pesar de que no todos los logros deportivos obtenidos pueden leerse como el resultado directo de la acción estatal, lo cierto es que se vivió una “época de oro” para el deporte argentino.

Este entramado en el que millones de personas se movilizaban cada fin de semana, es del que se nutre el fútbol para dar el paso definitivo de espectáculo deportivo a fenómeno de masas, constituyéndose en un hecho socio-cultural íntimamente vinculado con la argentinidad.

Toda esta dinámica propició la aparición de figuras del deporte que se conformaron en nuevos ídolos populares, merced al desarrollo del periodismo deportivo en diferentes medios. La más representativa de las publicaciones deportivas de aquella época de esplendor fue “El Gráfico”. Editada desde 1919, en sus primeros años, gracias a la aguda mirada de Borocotó, Frascara y Chantecler, entre otros, fue el instrumento crucial para establecer un estilo de fútbol argentino (“la nuestra”), determinado como elemento indisoluble de la identidad nacional.

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Durante los años ’40 y hasta bien entrada la década del ’50, los grandes deportistas de cada disciplina fueron reconocidos y llegaron a trascender a través de sus páginas. Para ellos, era un privilegio aparecer en su tapa cada semana. Si bien el espacio dedicado al fútbol era muy importante, los otros deportes, como el automovilismo, el polo, la natación y el boxeo, en los cuales los argentinos se destacaban internacionalmente, también estaban cubiertos. Un repaso por las tapas de aquellos años, muestra que allí aparecen cultores de muy diversas disciplinas, lo que forjó una tradición en cuanto al significado de aparecer en ese lugar de honor. Como diría Eduardo Archetti, “ser tapa de “El Gráfico” era una medalla colgada en el pecho de un nadador, un polista, un boxeador, un futbolista, una atleta o un automovilista, para premiar su trayectoria”. Al respecto, vale agregar un dato asombroso, y es que la revista cobijó a 44 deportes distintos en su portada. Y entre los diez que más veces aparecieron en ella hay algunos realmente sorprendentes, como el ciclismo, el remo y la aviación.

Mientras tanto, por supuesto, los diarios siguieron desarrollando la información deportiva, que con el correr de los años creció en cantidad y calidad. La sección “Deportes” (ahora en castellano) ganó páginas e importancia dentro de las respectivas empresas. Ningún diario que aspirara a llegar al gran público y aumentar sus ventas, podía despreciar al mundo del deporte, con el fútbol como bandera. Tal fue la necesidad del público de vincularse con sus clubes y sus ídolos que aparecieron las primeras revistas partidarias como “¡Boca!” (1942), “Racing” (1943), “El Ciclón” (1944), “River” (1944), “Independiente” (1945) y “Mundo boquense” (1947).

La popularidad alcanzada por los clubes de fútbol y los deportistas generó notables mejoras en las transmisiones radiales. La figura saliente en este medio fue la del relator uruguayo Joaquín Carballo Serantes “Fioravanti”, líder de audiencia y considerado el “padre del relato deportivo” tal como se lo conoce hoy en día. Entre muchas otras innovaciones, fue el primero que transmitió desde una cabina (y no desde el borde del campo o en la platea) y creó las conexiones para conocer al instante todo lo que sucedía en otros estadios. Fue un innovador nato, de esos que con su profesionalismo hicieron escuela.

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Marcó una época con su manejo del lenguaje y con su visión responsablemente imparcial. Su lema era “yo no soy un relator, soy un narrador”. Su elegancia en el uso del idioma castellano forjó una anécdota: después de cada domingo de fútbol, los niños en edad escolar consultaban a sus maestras sobre el significado de algún término o frase utilizados por el relator en sus atildadas transmisiones. Pero más que nada, fue de aquellos quienes con el respeto responsable lograron ser merecidamente respetados. Su clásico grito de gol alargando la L (Golllllllllll) lo distingue claramente de los relatores actuales.

La “Revolución Libertadora” puso fin a la década peronista en 1955. Sin embargo, el golpe no pudo ocultar los logros deportivos del peronismo. Tampoco lo pudo hacer con el arraigo popular que se hizo carne en los argentinos y atravesó clases sociales. Y el periodismo deportivo como agente trasmisor de esa pasión ocupó un lugar en los medios que ya no habría de abandonar.

Fútbol, pasión de multitudes

Los años ’60 estaban destinados a cambiar al mundo. Y, en gran medida, lo hicieron. Cuando Los Beatles cantaron “Love me do”, el pulso cultural del planeta cambió para siempre. A partir de ese momento, la influencia de la juventud empezó a marcar el ritmo de las cosas. El cine de Polanski, Kubrick, Fellini, Antonioni, la Nouvelle Vague francesa. Las canciones de Bob Dylan, la primera exposición de Andy Warhol, el tropicalismo de Caetano Veloso, Gilberto Gil y Rita Lee y el boom latinoamericano con la literatura de Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa. La liberación femenina, la píldora anticonceptiva, la psicodelia, la conquista del espacio, la contracultura, la moda, y el “amor y paz” de Woodstock. También fue un período caracterizado por las confrontaciones y las protestas de una ciudadanía cada vez más participativa y crítica con las acciones de sus gobernantes. Kennedy, los hippies, el Che, Vietnam, Luther King, el Mayo Francés, pusieron en conflicto el paradigma del Modernismo.

El deporte no sería ajeno a todo este contexto. El mundo se había vuelto más pasional y el periodismo deportivo cumplió con su parte en este nuevo enfoque. El fútbol en especial, ya no sólo nos identificaba por los colores. Ya sufríamos, gozábamos y amábamos por ellos. Había nacido la pasión popular. De este modo, el “hincha” abandonó su rol de espectador pasivo para devenir en un nuevo actor social dentro del espectáculo deportivo.

Esta nueva configuración del hincha como parte activa del espectáculo, se debió en gran parte a la aparición de la radio portátil a transistores, la famosa Spica. La invención de este minúsculo adminículo, el transistor, modificó los hábitos de toda una generación. Hasta su arribo, escuchar radio implicaba una compleja negociación familiar para lograr la mejor ubicación frente al voluminoso aparato. La irrupción de la Spica propició que el oyente pudiera llevarla consigo a todas partes, y el hincha futbolero en particular, ingresara con sus receptores dentro del estadio. Así, el propietario de la portátil pasó a ser el referente obligado a la hora de las consultas en las tribunas, ya que contaba con información de primera mano sobre otros resultados. Por lo tanto, este pequeño aparato desbalanceó la ecuación de los medios en favor de la radio por sobre la gráfica, aumentando decisivamente su poder de influencia.

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Quién mejor representó esta nueva realidad fue José María Muñoz, el gran puntal para que “La Oral Deportiva” alcanzara el liderazgo de audiencias radiofónicas. En una época marcada por las pasiones como ninguna, él las exacerbaba como nadie a través de sus vibrantes transmisiones. Para toda una generación de argentinos, la voz de Muñoz constituyó la banda sonora de los domingos por la tarde. Sus portentosos relatos en dupla con el comentarista Enzo Ardigó, más la locución comercial de Cacho Fontana, hicieron historia en los años ‘60. Las mediciones de 1968 marcaban que el 85 por ciento de los receptores sintonizaban Rivadavia. Pero lo verdaderamente curioso era que la misma ecuación se reproducía dentro de cualquier estadio. Era tal el número de receptores que sintonizaban “La Oral Deportiva”, que en un momento dado su transmisión parecía salir por los parlantes.

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Muñoz poseía un dominio tan influyente sobre su audiencia que daba la sensación de que manejaba al público como por control remoto. Les ordenaba que se corrieran si él no veía (“Eh, ustedes los de la portátil”), trataba de agitarlos (“La hinchada no está alentando como en otras noches”), o los convocaba alrededor de un grito partidario (“¡Argentina, Argentina!”). Cerca del final del partido se iba enfervorizando más y más, lanzando un mensaje eufórico, envolvente, del que realmente era difícil sustraerse. Cuando el cotejo terminaba, Muñoz ya había penetrado en la sensibilidad del hincha a puro grito emocionado: “Miles y miles de pañuelos, señores, Independiente, una vez más finalista de América, entusiasmo desbordante en las tribunas, premiando este triunfo inobjetable”. Luego venía el momento de los reportajes y las consabidas adulaciones al ídolo: “¿Cómo le va campeón?” o la entrevista complaciente que no contenía preguntas, por lo cual su entrevistado solía responder “la verdad que sí, José María”.

Muñoz, en rigor, transmitía muy bien los partidos. Poseía una capacidad vocal asombrosa y un sonoro grito de gol en cada relato. Sus transmisiones constituían un torbellino de información que no tuvo contra. Contaba con conexiones en cada estadio e informaba al instante resultados de deportes menos populares. Establecía comunicaciones con la base Marambio, o cualquier otra parte del planeta. Transmitió 24 hs cuando ocurrió la tragedia de la Puerta 12. Innovó casi todo en materia de transmisiones radiales. Inventó frases como “Fútbol, pasión de multitudes”, “Peligro de gol” o el clásico “Gol y gol y gol y gol” cuando ya empezaba a quedarse sin voz.

Tenía un estilo que contrastaba con el lenguaje cuidado de Fioravanti, su antecesor en el liderazgo. Era un fabricante de históricos atentados contra el idioma (“señor, deposite su óvulo en la alcancía”) o furcios célebres (como cuando se enojó porque hablando de Gatti alguien lo relacionó con Dorian Grey y dijo “Estamos hablando de arqueros “ar-gen-ti-nos”).

Lamentablemente, fue el mismo Muñoz que un decenio después utilizaría ese análogo poder de representación para legitimar las consignas de la dictadura militar ante la opinión pública, desempeñando un rol de vocero cuasi-oficial de los genocidas. Tal vez, la más recordada fue la nefasta frase ideada por Suárez Mason, proclamando que “los argentinos somos derechos y humanos”, para desprestigiar y vaciar de contenido la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA.

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Para entonces, el mundo ya había cambiado. La década del ’70 marcó el fin abrupto de los sueños acuñados durante los años anteriores. La impronta cultural de los gloriosos ‘60 se desintegró en una escalada de violencia que derribó casi todos sus anhelos y fue embrión de los terribles años por venir. El socialismo latinoamericanista de la Revolución Cubana, a través del carisma de Fidel Castro y el romanticismo humanista del Che Guevara, que pareció expandirse con el triunfo de Salvador Allende en Chile, encontró su triste final en los golpes de estado y la instauración de gobiernos antidemocráticos en toda la región.

El terrorismo de Estado encontró en el fútbol la herramienta idónea para legitimar su rol ante la sociedad y distraerla del genocidio existente. La organización y realización del Campeonato Mundial del ’78, la difusión del Campeonato Mundial Juvenil del ’79, la utilización de un joven Diego Armando Maradona, quién ya era el mejor futbolista del planeta, retenido en nuestro país a través de una compleja ingeniería de estado que lo declaraba “patrimonio nacional”. Todos estos acontecimientos contaron con la complicidad de cierto periodismo deportivo que, con Muñoz a la cabeza, fueron cómplices ya sea por colaboracionismo o ignorancia, de las políticas genocidas fundadas en la concepción del deporte visto como una parte esencial e identitaria del ser nacional.

Cuando le preguntaron al propio Muñoz por la actuación de los medios de comunicación durante el último gobierno militar declaró que “no puedo decir que fueron responsables. En cuanto a mí, yo iba atado nada más que al deporte, de manera que recién ahora me entero de ciertas cosas; los periodistas que hacen política, en cambio, estaban más enterados que yo. Yo vivía para mí, no tenía la experiencia de otros, no sabía…”

En plena dictadura militar, apenas la revista “Goles” apostaba a dotar a sus notas de un sentido social, más allá de los clásicos contenidos del periodismo deportivo. Quedó para la historia la columna “El Hombre Común”, escrita por Osvaldo Ardizzone, pero los elogios no le alcanzaron para sortear la persecución ideológica (Osvaldo Soriano la calificó como “la única revista que se podía leer en el exilio”) y dejó de editarse en 1982. Para entonces, muchos integrantes de la redacción habían tenido que buscar refugio en el exterior ante las continuas amenazas.

Barrilete cósmico… ¿De qué planeta viniste?

El retorno de la democracia en nuestro país significó, más allá del aspecto político, una reapertura socio-cultural luego de una década de ostracismo. Junto con la civilidad, retornaban al país personajes de diversas índoles que debieron irse al exilio para escapar de las persecuciones políticas. Esto produjo un enriquecimiento y una revalorización en diversos campos del saber. La sociedad volvía a estar ávida de participación y cultura. El deporte, por supuesto, no estuvo ajeno a ello.

Como figura central y emergente de todo este cambio, arribó al país el relator uruguayo Víctor Hugo Morales. Su llegada le permitió a Radio Mitre pelear la audiencia a la Radio Rivadavia de Muñoz, y muy pronto acaparar la preferencia del público. Sus inicios fueron en “Sport 80”, un envío que marcó un quiebre en el periodismo deportivo argentino. La presencia de Fernando Niembro, Adrián Paenza, Néstor Ibarra, Marcelo Araujo, Diego Bonadeo y Juan José Lujambio, entre otros prestigiosos periodistas, sirvió para conformar un equipo de lujo que hizo historia por la calidad de sus debates. En 1982, se sumó Alejandro Apo, el comentarista que más tiempo transitó junto al relator uruguayo y que creó en los ‘90 el programa “Todo con afecto”, donde conjugó el deporte con la literatura.

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Víctor Hugo llegó a ser considerado “el relator deportivo por excelencia de habla hispana”, valorado por su nivel intelectual, conocimientos y capacidad verbal. La narración clara, rápida, veloz y no ausente de adjetivos y vuelo poético, paulatinamente acentuaron su relieve. Su estilo se distingue por los supuestos diálogos entre los protagonistas, la creación de climas de suspenso, aventurar desenlaces en jugadas de gran interés ofensivo, el estiramiento de la explicación de cada gol con imágenes que endiosan al autor y la maniobra final. Todo eso sostenido con una notable cuota de fantasía para adornar las distintas sensaciones emotivas, profusión de datos, antecedentes y apelaciones a la realidad extra futbolística.

Sus narraciones atraviesan diversos campos de la cultura, trascienden la simple descripción y se transforman en joyas poéticas en sí mismos, ricos en imaginación y en imágenes sensoriales. “En la cabina me siento un actor dramático, al pasar el relato por un tamiz donde lo histriónico desarrolla su papel”, confesó Víctor Hugo en una entrevista concedida al diario uruguayo El País en el año 2007. “Yo tengo un apuntador, que es la realidad. Ella me dicta un guión. Lo que puedo hacer es trabajar con ella, jugar con ella. Alguna vez pensé en ser actor de radioteatros”, profundizó su definición.

En el Mundial de México ’86 alcanzó el pináculo de su carrera con su extraordinaria narración del segundo gol de Maradona a los ingleses. El solapamiento de su relato con las imágenes originales de televisión, quedaron unidos e inseparables para siempre, como una obra de arte integral. “Barrilete cósmico” o “¿De qué planeta viniste?” son frases que ya son patrimonio, no sólo de la historia del periodismo deportivo, sino de la cultura popular.

Dueño de una cultura general muy superior a la media, con Víctor Hugo el fútbol trascendió a la pelota y al simple juego. Su impronta permitió romper con el prejuicio del periodismo deportivo como un género menor, con el periodista como un individuo ajeno a la realidad. Su interés por la ópera, el teatro, el cine y otras expresiones del arte, además de sus firmes convicciones políticas, lo ha llevado a ser convocado en muchas ocasiones para encabezar programas en radio y televisión que exceden el ámbito deportivo.

De este modo, el fútbol rompió definitivamente fronteras culturales, y fue revalorizado como una expresión artística. El cine, la música, la literatura, entre otros géneros, abordan al fútbol ya no desde la específica visión del juego, sino asumiéndolo como parte indivisible de nuestra identidad, a través de situaciones cotidianas que lo tienen como trasfondo.

Por ejemplo, el vínculo entre la música y el fútbol comenzó a ser visible y aparecer en todos lados. Los Piojos, Rodrigo, Andrés Calamaro, Los Cafres, y el francés Manu Chao, entre otros, dedicaron canciones a Diego Maradona. Los Fabulosos Cadillacs homenajearon al fútbol en el título de su disco “La marcha del golazo solitario”, al igual que Divididos en “Gol de mujer”. El mismo Calamaro recordaba “cuando era niño y conocí el estadio Azteca me quedé duro, me aplastó ver al gigante”, y reflexionaba “me parece que soy de la quinta que vio el Mundial 78”. Attaque 77 le cantaba a una chica que frecuentaba la Bombonera en “Sola en la cancha”. El gran Luis Alberto Spinetta le hizo un guiño a Norberto Alonso en “El anillo del capitán Beto”, y los Bersuit Vergarabat confesaron su admiración por Ricardo Bochini en “El baile de la gambeta”. Los Caballeros de la Quema acumularon referencias futbolísticas geniales como “Todos atrás y Dios de 9” y “Malvenido” (“siempre listos para cabecear y nunca nos cobran un puto córner”). Miguel Mateos imaginó como inimaginable “el día después de Racing campeón”. Fito Páez, que parece poco futbolero, advierte que “la tribuna grita gol el lunes por la capital” en “Mariposa Tecknicolor”. En “Ya no sos igual”, 2 Minutos acusa a un tal Carlos porque “se olvidó de pelearse los domingos en la cancha”. ¿Hay más ejemplos? Muchísimos, que van desde la cumbia hasta el rock.

Por medio de esta interrelación de mundos tan disímiles, el fútbol pareció abandonar de una vez y para siempre los cuestionamientos a los que la intelectualidad lo había confinado: los de izquierda porque pensaban que castra a las masas y desvía su energía revolucionaria, y los conservadores porque consideraban que la plebe piensa con los pies y el instinto animal se impone a la razón humana. “Hasta la década del sesenta, los sectores ilustrados separaban de la cultura a todas las manifestaciones que estuvieran fuera de las bellas artes y la literatura. El fútbol era un fenómeno desdeñable, asociado a la irracionalidad de las masas. Con la cultura de masas, se amplió el concepto. A partir de los setenta, se empezó a mirar de otra forma algunas actividades y se visualizó a los escritores futboleros. Lo nuevo es que, a partir de los ochenta, el fútbol entra como elemento de ficción en forma regular”, opinó Juan Sasturain, uno de los pioneros y más reconocidos escritores, que a mediados de los ochenta publicó “El arco más grande del mundo”.

Durante la década del ‘80, el fútbol terminó por ser aceptado como parte de la cultura. La literatura descubrió un subgénero muy rico y comenzó a ser explotado libre de prejuicios. Escritores como Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa, o más acá en el tiempo, Eduardo Sacheri, entre muchos otros, han dejado un rico patrimonio de cuentos, crónicas, biografías y novelas, todos ellos libros redondos que en la mayoría de los casos se alejan del juego, las grandes estrellas y los equipos multimillonarios, y se acercan a lo que implica estar en la tribuna, jugar con amigos, o un padre que le enseña a patear la pelota a su hijo. En definitiva, la literatura futbolera no habla de los grandes campeones, sino de situaciones cotidianas que enlazan al fútbol con historias personales de potreros, tablones, familia y amistad, es decir, que hablan de nosotros mismos y de nuestra identidad.

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Esse est Percipi

“No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del ‘37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”.

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El fragmento anterior, extraído del cuento que da nombre a este capítulo incluido en “Crónicas de Bustos Domeq”, escrito en 1963 por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, plantea de modo para nada predictivo, sino valiéndose de fina ironía y una profunda mirada preclara, los alcances y la influencia que la televisión tendría sobre el fútbol para terminar fagocitándoselo. Imaginan una sociedad en donde el fútbol ya no existe como deporte, sino que es una mera puesta en escena en un set televisivo. Lo exponen en tono de fantasía ¿Es realmente una fantasía?

A fines de los años ’80 y comienzos de los ’90, el mundo sufrió profundas transformaciones geo políticas. La caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior disolución de la URSS, significaron el fin de la “guerra fría” y la consolidación de los EEUU como potencia hegemónica mundial. Al mismo tiempo, gracias a los últimos avances informáticos, la “globalización” (concepto derivado de la “aldea global” que el pensador canadiense Marshall McLuhan elaboró en 1968) comenzó a alcanzar niveles nunca antes imaginados. La conjunción de estas dos situaciones provocó la mundialización de la economía y la aplicación sin contemplaciones de las recetas del Consenso de Washington (liberalización, privatización y desregularización) que han tenido efectos dramáticos para millones de seres humanos. La década del ‘90 puede definirse como la década de la “exclusión social”.

Este neoliberalismo, donde el deporte y la cultura también comenzaron a regirse por la lógica del mercado, fue el factor decisivo para comenzar a ver al fútbol como una valiosa mercancía. La potente penetración de las TICs, con la televisión a la cabeza, y su desembarco en el mundo del deporte transformó al fútbol de acontecimiento identitario en un producto de consumo masivo, espectacularizándolo. Los años ‘90 significaron una bisagra en la vivencia del fútbol por parte de la sociedad, donde la televisión pasó a ser el principal capitalista de este deporte.

En nuestro país, el puntapié inicial lo dio a mediados de los ’80, el empresario Carlos Ávila. Atraído por el peso creciente de la facturación publicitaria en la televisación del deporte norteamericano, ideó un fenómeno similar en la televisión local, y comenzó a desarrollar un imperio llamado Torneos y Competencias. En principio, firmó un contrato de exclusividad con la AFA para transmitir y comercializar los partidos de Primera División, a partir del cual todas las imágenes futbolísticas pasaron a ser de su propiedad. Como siguiente paso, creó el programa televisivo “Fútbol de Primera”, donde los domingos por la noche se pasaba un resumen de todos los partidos de la fecha, conducido en sus comienzos en Canal 7 por Enrique Macaya Márquez y Mauro Viale, siendo reemplazado este último por Marcelo Araujo al mudarse el programa hacia Canal 9, dos años más tarde. En 1991, “Fútbol de Primera” recaló finalmente en Canal 13, donde adquirió su impronta característica: una producción sin precedentes y una estética tecnologicista moderna y novedosa para la época.

“Fútbol de Primera” dejó como legado los estándares para la transmisión de partidos en vivo. La multiplicación de imágenes, marca crucial de la nueva narración futbolística, pasó a ser la base del relato: los partidos podían verse desde todos los ángulos. Esto implicó dos rasgos fundamentales: en primer lugar, la posibilidad de suplantar todas las miradas posibles en un estadio (ningún espectador puede ver todo lo que la televisión ve). En segundo lugar, la narración tendió a dar más lugar al primer plano, una suerte de espía que puede captar lo que se escapa a cualquier mirada humana (por ejemplo, la del árbitro). “Fútbol de Primera” se configuró como una suerte de tribunal que decidía los errores arbitrales o incriminaba a los jugadores desleales. El plano detalle, además, tendió a favorecer una narración más melodramática, donde el gesto esforzado o el insulto agregaban dramatismo y emoción al juego. La capacidad narrativa de imágenes se complementaba con la renovación del estilo en el relato televisivo de Marcelo Araujo, basado en el uso de giros informales y hasta groseros tendientes a la identificación con la “voz del hincha”.

Antes del inicio del Torneo Apertura 2009, la AFA anunció la rescisión del contrato con TSC (Televisión Satelital Codificada, heredera de Torneos y Competencias), y el Gobierno Nacional se hizo cargo de las transmisiones de los partidos de Primera División por canales de aire a través del ciclo “Fútbol para Todos”. Hoy, a pesar de los avances que implicó la transmisión del fútbol en forma gratuita por televisión abierta, la selección de imágenes se continúa ejecutando según los mismos estándares instaurados por “Fútbol de Primera” casi dos décadas atrás.

Progresivamente, las lógicas mercantiles han dominado la televisación del fútbol. En Europa, los “dueños de la pelota” pasaron a ser los empresarios televisivos, como el italiano Silvio Berlusconi o el australiano Rupert Murdoch. Esta relación entre deporte y TV se presupone beneficiosa para ambos. Por un lado, la televisión encuentra en el fútbol un producto fácil de producir que asegura un piso multitudinario de audiencia, lo que lo vuelve un negocio lucrativo y por lo tanto, un eficaz instrumento de propaganda y de poder social. Por su parte, el fútbol encuentra en la televisión una potente herramienta para ingresar a todos los hogares atravesando estamentos sociales y una considerable fuente de ingresos.

Pero esta mutua conveniencia de la que ambos se nutren en realidad puede interpretarse como una ecuación asimétrica. A diferencia de otros medios, la televisión no se limita a ser sólo un transmisor pasivo de los acontecimientos deportivos sino que los “produce” y se vuelve parte de ellos. De este modo, invade áreas que eran propias del deporte y lo transforma de acuerdo a sus propias necesidades, alterando su esencia e imponiéndole condiciones a cambio de una parte del negocio.

La irrupción de las nuevas TICs, especialmente la televisión y en menor medida Internet, también han utilizado al fútbol como una suerte de locomotora tecnológica. Fue precursor de la televisación a color, motorizó la expansión del cable y los eventos codificados, e innovaciones recientes como las transmisiones HD, 3D, formatos multicámara y con audios selectivos.

Gracias a la influencia de la pantalla, la vida se ha “futbolizado” y el fútbol se ha tornado puramente televisivo. Los protagonistas (jugadores, técnicos, dirigentes, periodistas deportivos, hinchas) se comportan según esa lógica televisiva, transformando sus conductas. Los hinchas cantan y cuelgan banderas donde las enfoquen las cámaras; los periodistas y dirigentes modifican afectadamente su lenguaje. Según esta configuración, el partido no dura sólo 90 minutos, sino que incluye la previa y el post, las mejores jugadas, los goles de los otros encuentros, las declaraciones de los protagonistas, el programa de opinión por la noche. Todos hacen su aporte al show.

Y los futbolistas, los “verdaderos” protagonistas del evento, son percibidos como estrellas del espectáculo, y como tales, modelos para la sociedad. La lógica mercantilista se vale de esa representación para constituirlos al mismo tiempo en producto y empresas, aptos para vender afeitadoras, automóviles, televisores, bebidas y un sinfín de mercancías. Con las estrellas de hoy se da una ecuación para nada casual. Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, por citar un ejemplo, son los que más brillan, convierten infinidad de goles, obtienen los mejores contratos, y por lo tanto, multiplican en forma proporcional sus ingresos por merchandising.

Conclusión

“Se juega como se vive” fue una frase histórica del recordado entrenador colombiano Francisco “Pacho” Maturana. Sería más exacto decir “se juega como se es”. Lo mismo vale para un gambeteador ensimismado de un baldío porteño, un malabarista fantasioso de una playa de Río, o un cabeceador furibundo en un terreno imposible de Asunción. Y afrontamos el juego a nuestra manera, en base al modo de entender la vida. Por el fútbol nos identificamos.

Sin embargo, la “globalización” que citábamos en el capítulo anterior, ha restado cierta diversidad, ha unificado, acortó distancias y diluyó diferencias, y al fútbol, le ha ido quitando de a poco su identidad. De tanto en tanto, algún rebelde tira un caño, un sombrero, una gambeta y el público emocionado recuerda que esa era “la nuestra”, aquel estilo que bautizaron en los primeros años de “El Gráfico”, Borocotó, Frascara y Chantecler, en oposición al de las escuelas inglesas, ese fútbol sólido, poderoso, pero también monótono, repetitivo, aburrido, sin sorpresas.

Los nuevos dueños de la pelota dicen que quieren un “fútbol espectáculo” para aumentar el rating de televidentes y su facturación. Parecen no advertir que siempre lo fue, que esa es su esencia, y son justamente ellos los que lo han transformado en un “fútbol negocio”. No se dan cuenta de que si realmente respetaran el espíritu alegre y lúdico, sin mayores injerencias, el negocio sería aún más redituable.

Descarados de gambeta endiablada y pelota pegada al pie surgen todo el tiempo. El desafío es preservarlos para lograr que la innata libertad que tienen para jugar al fútbol no sea coartada, ni rápidamente influenciada por la lógica de los medios. Darles un espacio y un tiempo, para que en cada quiebre de cintura, en cada firulete, nos recuerden que allí habita una parte de nuestro ser y nos permita sentirnos irremediablemente un poco más argentinos.

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